biografía
(de Miscelánea o el libro geminiano, libro inédito)

El Quinbus Flestrin

     Casi todos mis compañeros de clase ya fueron a ver al Quinbus Flestrin, hasta esos presumidos hermanos Bolgolam visitaron el campo deportivo donde lo tienen en exhibición. Yo no he podido acercarme porque prohibieron a los menores de edad visitar al Quinbus Flestrin. Los adultos dicen que es peligroso que los más pequeños vayan sin compañía porque se trata de un ser inmenso. Eso, en mi caso, significa que solamente podría ir al campo deportivo de la mano de mi madre. Pero lo que el presidente no sabe es que mi mamá es una persona muy ocupada. La verdad, yo sólo la veo un par de veces al día porque trabaja muy duro para mantenernos a mi hermana y a mí. Desde que mi padre la dejó por una mujer más alta, mamá ha tenido que sostener la casa por sí sola. Por eso trabaja de lunes a domingo en la ferretería del señor Bolgolam y por eso, hasta el momento, no ha podido llevarme al campo deportivo para ver al Quinbus Flestrin. Yo no tengo abuelitos ni tíos que puedan darle una mano y, además, la señora Bolgolam no quiso hacerle el favor cuando llevó a esos dos cachetones que tiene por hijos. Según mi mamá, la señora Bolgolam le tiene fastidio y no encontró mejor forma para desquitarse de ella que negándose a cargar conmigo. Pero a mí esto no me molesta. A la señora Bolgolam le apesta la boca y sus hijos cachetones siempre me han caído bastante mal. Además, yo quiero ir a ver al Quinbus Flestrin con mi mamá porque hace mucho tiempo no salgo a pasear con ella.
     En el noticiero dijeron que el Quinbus Flestrin es más grande que la montaña más alta de la isla y que para alimentarlo es necesario llenar seis camiones de carga tres veces al día. Clefrin Flimnap me contó que los adultos trajeron al campo deportivo una gran sábana hecha con miles de las sábanas que nosotros usamos y también un almohadón que le hiciera juego porque aquí en Mildendo suele hacer mucho frío cuando cae la noche y el suelo es muy rocoso como para apoyar la cabeza sin una almohada. Clefrin también me dijo que el Quinbus Flestrin está aprendiendo nuestro idioma -ya que él viene de una tierra lejana donde no se habla como aquí- y que ya sabe dar las gracias cuando le dan de comer y hasta contar uno que otro chiste acerca del presidente de Blefuscu y los estrechoextremistas.
     Me gustaría muchísimo poder ir a ver al Quinbus Flestrin apenas mi mamá se desocupe y comprobar si es cierto todo lo que dicen sobre él. Si tengo suerte, mamá podrá acompañarme el próximo fin de semana que es cuando el señor Bolgolam cierra la tienda para celebrar el cumpleaños de la señora Bolgolam. Le voy a decir a mi mamá que se ponga muy bonita y que vista su mejor ropa. Estoy seguro que para cuando visitemos al Quinbus Flestrin, él ya habrá aprendido nuevas frases y podrá conversar con ella y contarle un poco más sobre su vida. Si el Quinbus Flestrin es tan alto y gracioso como dicen, mi mamá y él seguramente se harán amigos, y con el tiempo, quién sabe, hasta pueden llegar a enamorarse. Ojalá. Si mi mamá se casara con el Quinbus Flestrin, ella ya no tendría que trabajar tanto y le sobraría tiempo para sacarnos a pasear a mi hermana y a mí. Yo sería el niño más feliz de Liliput si eso llegara a suceder.