biografía
de la misma autora en fósforo: poesía 4



No sé qué

El audaz caballero pasaba por allí.

No es que tuviera una intención precisa, una dama preciosa, una premura. No es que huyera o quisiera alejarse. Pasaba.

El castillo era oscuro y tormentoso, y las hiedras que subían a toda velocidad parecían susurrar en su ascenso: "Lárgate", "Lárgate".

Pero hacía varios días que el caballero no comía más que el plancton que se colaba por su escafandra, así que decidió llamar al pesadísimo aldabón.

Pasó una media hora cuando el portón empezó a dar señales de apertura. El caballero se incorporó de un salto caballeresco de la mata de judías mágicas en la que se había quedado traspuesto. Entonces una dulce jovencita, vestida únicamente con un camisón, preguntó (quizá con la voz más dulce que el caballero hubiera oído nunca):

- ¿Quién es?

Alrededor de la jovencita destellaba el aire, como si una cohorte de diminutas luciérnagas se esforzaran por competir con el soleado día...

Las tentaciones se agolpaban en la cabeza del caballero. No se veía a nadie más, ni guardias, ni soldados, ni padres, ni amas de cría. Hacía mucho tiempo que no comía, pero mucho más que no desenroscaba cierta parte reforzada de su armadura. El dilema se apoderó de nuestro héroe mientras la dulce doncella se acercaba a él como un cervatillo que nunca hubiera visto un cazador.

-¿Habéis sido vos quien ha llamado?

- Eh... Así es, gentil doncella... ¿Qué nombre... qué nombre... (¿dónde están los recursos retóricos cuando se los necesita?) ¿qué nombre podría soportar la carga de tan abrumadora belleza?

- Mi nombre es Florilegia, gentil andante. Me honraría poder aliviar los tormentos de vuestro camino con la hospitalidad de mi padre, Don Luis de Juan.

A: agarrar a la chica (como mucho 43 kilos) y salir cabalgando como alma que lleva el papa hasta el más cercano pajar; B: aceptar la propuesta (seguro que tienen venados, faisanes, buen vino...); C: hacer primero lo segundo y después lo primero.

Decidiendo rápidamente, el héroe pasó el puente levadizo del castillo, que se cerró con un estruendo horrísono, no parecido al suave chirrido de cadenas de cualquier otro portón levadizo...

Entonces la jovencita se desplomó en el suelo. Con toda la velocidad que los cascotes adheridos a su cuerpo permitían, nuestro héroe se precipitó sobre su blando y fragante cuerpecillo. Pero... ¿qué son esos invisibles hilos, como sedas de araña, que parecen salir del cuerpo de la muchacha? ¿Por qué parece que ni siquiera respira?

Una sombra gigantesca ocultó el cielo. El héroe miró hacia arriba y vio al Ogro con un bastidor de marioneta en la mano. Sacudió a la chica, y era de trapo perfumado.

El Ogro se llevó al héroe al pajar más cercano.