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Los Tabucchi
Sostiene Tabucchi que él y yo nos conocemos desde
hace medio siglo, desde el remoto verano del 53, en el que el tío paterno
de Tabucchi alquiló una casa de dos plantas junto a la de mis padres,
en Cadaqués. Ese verano yo tenía cinco años y el autor de Sostiene
Pereira diez. Yo no me acuerdo casi nada de él, sólo que hablaba
esporádicamente con el chico de los vecinos, algo mayor que yo.
Hoy en día me gusta imaginar que al atardecer, mientras
hablaba con el niño vecino, mi madre me ordenaba volver a entrar en
casa, me decía que se estaba haciendo cada vez más tarde. Pero sólo
me gusta imaginarlo, no puedo recordarlo, y mi madre se niega a decir
que ella me obligara a reentrar en la casa al atardecer, y menos aún
que para ello me dijera que se estaba haciendo cada vez más tarde.
- No puedo decirte lo contrario -dice mi madre-. Lo
siento pero no sería un recuerdo verdadero. Si quieras invéntalo, imagínalo.
Pero yo nunca te dije al atardecer que entraras en casa y menos aún
que se estuviera haciendo cada vez más tarde. Imagínalo, si quieres.
Tienes derecho a los recuerdos inventados. Lo único cierto es que hablabas
con el niño de los Tabucchi y que luego te cansabas y te ibas a la cocina
sin que nadie te dijera nada.
Sostiene Tabucchi que yo cogía una silla y me encaramaba
en ella para poder ver la casa de los vecinos y que en más de una ocasión,
en cuanto le veía aparecer a él en el jardín, le decía a modo de revelación
algo que ya en aquellos días a Tabucchi le parecía que iba a acabar
siendo un recuerdo inolvidable:
- Antonio, ¿me escuchas Antonio? Los adultos son estúpidos.
Pasó el tiempo, pasaron muchos años. Un día me compré
un librito de extraño título, Dama de Porto Pim, lo firmaba un
tal Tabucchi, y yo al comprarlo no podía imaginar que lo había escrito
mi vecino. Corría el año de 1983, treinta veranos nos separaban de aquella
tapia que separaba las casas familiares en Cadaqués y que se había erigido
en un recuerdo de infancia para Tabucchi, no así para mí, que poco después
de leer y quedar fascinado por Dama de Porto Pim, me dediqué
a escribir un texto, Recuerdos inventados, en el que utilizaba
el tablón de anuncios del Café Sport de la isla de Faial en las Azores
-ese bar del que hablaba Tabucchi en su libro- para construir una caravana
de voces, anónimas o conocidas, que se juntaban en el espacio del tablón
para emitir mensajes de náufragos de la vida.
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