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Todos los recuerdos eran inventados, tal como
rezaba el título. Con el paso de los años, Dama de Porto Pim
iba a convertirse en una pequeña faro para mi obra de creación. Allí
estaba, en aquel libro tan pequeño, todo lo que yo deseaba hacer en
literatura: la construcción de miniaturas literarias perfectas, el tinglado
moderno de la voz fragmentada, la evocación de recuerdos inventados
para poderme hacer paradójicamente con una voz literaria propia... Cuando
publiqué esos recuerdos inventados, no sabía que algún día viajaría
a las lejanas Azores y vería ese tablón de madera o soporte visual de
"las voces traídas por algo, imposible decir por qué".
Mi madre, al leer ese homenaje solapado a Tabucchi,
me dijo que no le extrañaría nada que ese escritor al que yo tanto citaba
fuera el niño de los vecinos de Cadaqués en el verano del 53. Me reí,
me parecía inverosímil, muy improbable. Qué vecinos, recuerdo que pregunté.
- Los Tabucchi -dijo mi madre.
Cuando conocí a Antonio Tabucchi, le pregunté si había
veraneado alguna vez en Cadaqués y me dijo que sí y pronto vimos que
yo era el niño que encontraba estúpidos a los adultos. Poco tiempo después
de descubrir ese gran recuerdo verdadero que parecía unirnos más allá
de la vida y del tiempo, yo leí que Tabucchi se consideraba la sombra
de Pessoa y decidí convertirme en la sombra de Tabucchi para así tratar
de ser la sombra de la sombra de una sombra. Hoy, que ya sólo soy la
sombra de mi vecino, voy delante en una expedición fantástica al mundo
misterioso de las voces. Voy solo y perdido, aunque imagino ser el adelantado
de esa expedición fantasma, de ese recuerdo inventado. Y cuando pienso
en los recuerdos verdaderos que Tabucchi y yo compartimos me acuerdo
de inmediato del día en que visité, sin habérselo dicho a nadie, el
Museo de las Janelas Verdes de Lisboa y descubrí que alguien, en la
sombra, me perseguía y que yo no era más que la sombreada sombra de
una sombra que seguía a una sombra en el espacio verdadero de un recuerdo
veraniego que hoy es sólo pura y simple bella letra, tal vez una canción
napolitana que alguien un día cantará para siempre. Se lo digo a veces
a mi madre. Y ella entonces quiere saber cómo se canta una canción para
siempre. Son canciones que hablan de un tiempo que ya no existe, le
digo. Y añado: Por eso nadie las oye, sólo tú y yo, madre. Ella entonces
quiere saber dónde las podemos oír. Porque yo no las oigo, dice mi madre.
En la casa de al lado, le explico. ¿En verano?, pregunta mi madre. Sí,
le respondo. Ya están llegando, le digo, porque empieza el verano y
cada vez se hará más tarde. Más tarde, repite mi madre. Y luego pregunta
en casa de quiénes.
- ¿En casa de quiénes más tarde? -pregunta.
Sólo la entiendo yo.
- De los Tabucchi, madre.
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